martes, 5 de agosto de 2014

Capítulo primero

Capítulo 1

“-¡Emma, ya sal de la cama! ¡No llegaremos!” 
“-Solo un minuto más.” Sentí como abrían las cortinas y me sacaban las sabanas.
“-Ahora.” dijo mi madre desafiante.
“-Está bien.” Luego de un bostezo, apoyé mis pies en el frío suelo de madera.

Tomé la ropa necesaria y entré en el baño. Al terminar de bañarme me puse una pollera suelta, lila, con flores rosadas, una camiseta blanca y unas botas australianas, son lo más cómodo que he visto, luego de las zapatillas Vans por supuesto. Formé unos rulos con mi pelo mojado, me perfume y baje a desayunar.

“-¿Lista?” preguntó mi madre mientras me sonreía como si fuera a ser un viaje agradable y temporal. Asentí con la cabeza, desanimada.
“-¿Listo Alex?”

“-No.” dijo enfadado mi hermano mayor tirando con fuerza su plato en el lavado.
"-¡¿Cómo?!”
"-No me iré, y menos por un capricho tuyo madre."

Ella abrió los ojos como platos y yo sonreí. Alexander siempre fue muy espontáneo, una de las razones por las que es mi héroe. Siempre me apoyó, siempre estuvo para mí. Lo he salvado los domingos por la madrugada abriendo con cuidado la ventana para que mis padres no se enteraran que había llegado a esas horas cuando volvía de las fiestas. Él me ayudo con la compra de mi piano, yo lo ayudé con problemas de chicas, el haciéndome reír para pasar un buen rato, no sé qué haría sin él.

"-Te irás conmigo." dijo a los gritos.
"-Tengo 21 años mamá, trabajo, tengo novia, tengo una vida aquí, ¡no me alejaras de esto!" dijo gritando
"-¿De qué nos tratas? ¿De muñecos? Nos llevas de una ciudad a otra y ¿esperas que volvamos a casa al final del día con una sonrisa en la cara y te digamos “te quiero”?" dijo mirándola fijamente a los ojos.
"-Esto no es vida mamá."
"-¿Entonces qué quieres hacer? ¡Rayos Alexander!"
"-Me quedaré aquí y no habrá nada que puedas hacer."

Esas fueron sus últimas palabras, subió a su habitación y comenzó a hacer sus maletas, se quedaría en el departamento de mi padre. Fue muy valiente de su parte, lastimosamente yo no podría contradecir sus palabras, mi madre tuvo una infancia desastrosa, pasó por mucho y sinceramente no quiero dejarla sola.
Al terminar de desayunar, ya no pude retrasar más la partida y, de pronto, el viaje se hizo presente definitivamente para todos nosotros. Llamé a mi hermano para que se subiera al auto. Ya debíamos partir.

"-Ya voy pequeña." dijo bajándole el volumen a su música.

Bajó con un gran bolso, me abrazó y entramos al auto. Las lágrimas comenzaron a bajar sobre mis mejillas y él lo notó.

"-Emi." me susurró.

Yo solo lo observé, esos ojos castaño oscuro que conocía tan bien, usualmente risueños, mostraban una tristeza alarmante. Me esforcé en grabarlo en mi memoria, no lo vería en un buen tiempo.

"-Sabes que te quiero ¿verdad?" me tomó la mano y comenzó a observarla.
"-¿Qué haces?"
"-Buscando la marca." yo comencé a reír recordando aquél día.

Éramos pequeños, estábamos en el parque de Nueva York, todos los árboles se encontraban cubiertos de nieve. Teníamos ocho y trece años y comenzamos a jugar a las escondidas mientras nuestros padres se abrazaban y platicaban, cuando todavía las peleas no habían comenzado entre ellos. Alex estaba por terminar de contar y todavía no había encontrado un lugar para esconderme, así que me trepé al árbol en donde Álex estaba contando.

”-Nueve... Diez” escuché decir y solté una pequeña risita.

Él sonrió, recién ahora noto que ya se había dado cuenta desde un principio en donde estaba. Comenzó a llamarme mientras buscaba detrás de los árboles y dentro del tobogán. En un momento lo perdí de vista y “¡Bu!” me dijo en la oreja y del susto caí al piso. Asustado bajó a ver cómo estaba. Lo único que hacía era reírme, me había encontrado. Él al ver que estaba bien rió también, al igual que mis padres. Pero había algo en mi mano derecha que me ardía. Una astilla se había clavado debajo de mi pulgar. El al verlo, me tomó la mano y me sacó esa pequeña astilla con los dientes. Recuerdo que comencé a reír al sentir las costillas de sus dientes en mi mano. Desde ese día me quedó una pequeña marquita, que extrañamente nunca se fue.

"-Nunca olvidaré ese día." Rió.
"-¿Te confieso algo?" asentí. 

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